Reverendísimo Obispo Robert W. McElroy compartió este discurso con empleados de parroquias, escuelas y organizaciones de la Diócesis de San Diego en una junta histórica el 13 de agosto, 2019, en la Universidad de San Diego.

El pasado 7 de mayo, el Papa Francisco emitió un verdadero desafío a la Iglesia Católica para enfrentar de manera integral al monstruoso crimen de abuso sexual a niños y jóvenes. En una declaración titulada “Eres la Luz del Mundo”, el Santo Padre exigió una respuesta de toda la Iglesia que incluye no solamente cambios en los procedimientos, sino una transformación personal e institucional. Las palabras del Papa son muy claras: “Se necesita una profunda y continua conversión de corazones, atestiguado por acciones concretas y efectivas que involucren a toda la Iglesia, para que la santidad personal y el compromiso moral puedan contribuir a promover la completa credibilidad del mensaje del Evangelio y la efectividad de la misión de la Iglesia”.

Este enorme desafío es el que hoy nos reúne aquí.

El desafío del Papa Francisco en su declaración a la Iglesia y al mundo cuenta con tres elementos cruciales para quienes somos llamados de manera especial a ser trabajadores en la vida de la Iglesia.

El primer elemento es comprender en toda su profundidad y virulencia histórica que el abuso sexual a menores por parte del clero constituye una contradicción descomunal a la identidad y misión de la Iglesia que busca llevar la luz del Evangelio de Jesucristo al mundo.

El segundo elemento es reconocer que para eliminar el abuso sexual debemos comenzar con la vida interna de la Iglesia y el pecado y escándalo del abuso sexual por parte del clero, sin embargo, nuestros esfuerzos como discípulos de Jesucristo también deben llegar a esas estructuras de la vida social y familiar que generan y protegen la victimización sexual de menores en nuestra sociedad.

El elemento final del desafío del Papa, el cual es sorprendente en su amplitud, es su declaración de que la guerra contra el abuso sexual a menores, y de hecho contra todas las formas de abuso sexual, involucra a cada persona en la vida de la Iglesia. Es por eso que he tomado la decisión de llamar por primera vez en la historia de la Diócesis de San Diego a todos los empleados de nuestras parroquias diocesanas, escuelas, organizaciones e instituciones para comenzar un proceso de acción y reflexión diseñado para habilitar a cada uno de nosotros en nuestro papel como trabajadores y discípulos en la vida de la Iglesia, trabajar en colaboración para erradicar el flagelo del abuso sexual y ayudar a los sobrevivientes a sanar.

 

Gracia y pecado en la vida de la Iglesia

Como discípulo de Jesucristo, y con 40 años como sacerdote y obispo, para mí es muy claro que la Iglesia es -como se ve a sí misma- una institución llena de gracia y pecaminosa a la vez. Ustedes trabajan en la Iglesia porque han sido testigos de los elementos de luz y gracia, fe y paz que nuestro trabajo trae al mundo. Son catequistas y líderes juveniles porque ven la luz de la fe cobrar vida en los corazones de los jóvenes. Son ministros pastorales porque han sido testigos del poder sanador del Evangelio en la vida de los feligreses y la comunidad parroquial. Ustedes son sacerdotes porque saben apreciar esos magníficos momentos de profunda gracia en los que Dios toca los corazones y las almas humanas a través de sus palabras y acciones. Son colaboradores en el acercamiento de la diócesis a los pobres y marginados, los no nacidos y los indocumentados, los encarcelados y los despreciados, reconocen que el llamado de Cristo de abrazar a la humanidad precisamente en los momentos de mayor vulnerabilidad es una parte esencial de la fe católica. Son religiosos y diáconos porque saben que el testimonio de Cristo en cada dimensión de sus vidas es un imán que llama a las mujeres y a los hombres a una relación cada vez más estrecha con Jesucristo.

Pero en medio de las enormes gracias que están entretejidas en la vida de la Iglesia están los errores humanos, a menudo magnificados por una cultura eclesial y estructuras institucionales que ciegan a la Iglesia ante los enormes pecados y fracasos en su labor de reflejar la vida del Evangelio.

Hoy en día, la ceguera de la Iglesia, la tolerancia de y la participación en los patrones de abuso sexual a menores por parte del clero constituye el más grave pecado en la vida de la Iglesia, un pecado que debemos reconocer, entender y erradicar.

Es esencial dar a conocer, tanto por el bien de la verdad como por el servicio fiel de la mayoría de los sacerdotes que han servido desinteresada y virtuosamente en parroquias, escuelas y organizaciones en nuestra diócesis y nación, que el porcentaje de sacerdotes que han abusado sexualmente de un menor es casi igual al porcentaje de hombres en nuestra sociedad en general que han abusado de un menor, aproximadamente 4 por ciento. Ambos porcentajes son vergonzosamente altos, pero es importante reconocer que la gran mayoría de sacerdotes no han abusado de menores, así como tampoco lo han hecho la gran mayoría de los hombres.

El gran pecado de la Iglesia en su historia reciente radica no solo en la realidad de que algunos sacerdotes victimizaron sexualmente a menores, sino en el hecho de que la Iglesia no logró detener esa victimización porque muchos sacerdotes a los que se les demostró haber abusado sexualmente de un menor fueron reasignados al ministerio después de que se conoció su crimen.

¿Cómo pudo haber ocurrido esto? Fueron varios factores. Uno de ellos fueron las evaluaciones psicológicas de estos sacerdotes, las cuales frecuentemente indicaron que el abuso tomó lugar en períodos de depresión o mientras abusaban del alcohol, apuntando así a la esperanza de que ese sacerdote pudiera recibir un tratamiento suficiente para ser asignado a un entorno seguro.  Un factor muy importante desde mi punto de vista fue que cuando un sacerdote era acusado de abuso sexual a un menor, el obispo se reunía con el sacerdote pero por razones legales el obispo casi nunca se reunía con la víctima sobreviviente. Esto significa que pocos obispos pudieron experimentar la cruda realidad de revivir con un sobreviviente el horror de su victimización. Las fallas sexuales personales de algunos obispos en sus propias vidas y el miedo al escándalo de la Iglesia también fueron factores importantes para evitar que la Iglesia respondiera humanamente a las víctimas de abuso sexual por parte de sacerdotes.

Pero fue la ubicuidad de una cultura clerical la principal responsable del patrón de reasignar al ministerio a sacerdotes que habían abusado de menores. Los obispos conocían a los sacerdotes acusados, algunos de ellos estuvieron en la escuela juntos o eran sus amigos. Les parecía imposible creer que ese sacerdote hubiera lastimado a un menor de tal manera. La ley canónica de la Iglesia frecuentemente trabajaba para proteger a sacerdotes culpables y frustrar los derechos de las víctimas. La enseñanza teológica de que la ordenación era una vocación de vida irrevocable evitó que los obispos entendieran y actuarán sobre el reconocimiento que un solo acto de abuso sexual a un menor es un delito moral que debe prohibir a un sacerdote del ministerio público por el resto de su vida porque la seguridad de los niños lo exige.

En 2002 la Iglesia en los Estados Unidos hizo frente al pecado de reasignar sacerdotes que habían cometido abuso sexual contra un menor.  En una desgarradora convulsión nacional que comenzó en Boston y se extendió por todo el país, los obispos de los Estados Unidos concluyeron que una reforma radical en los niveles cultural, legal e institucional de la vida de la Iglesia eran indispensables para poner fin a un patrón de abuso sexual que había colocado la seguridad de los hijos de Dios en segundo lugar ante el bienestar de los sacerdotes que los habían abusado.

Estos pasos hacia la reforma no funcionaron a la perfección, como nos pudimos dar cuenta el verano pasado cuando la ley de la Iglesia tuvo que hacerse más rigurosa para disciplinar a obispos que habían cometido abuso sexual o no habían hecho nada para detectar y castigar a abusadores.

Sin embargo, las reformas de 2002-2003 fueron exitosas transformando la ley, la disciplina y divulgación de la Iglesia en los Estados Unidos en el tema de abuso sexual a menores. La ley de la Iglesia fue modificada para exigir que cada obispo elimine permanentemente del ministerio público a cualquier sacerdote que haya demostrado haber abusado sexualmente de un menor, incluso en una sola ocasión. Las diócesis fueron obligadas a tener juntas de revisión predominantemente laicas para evaluar todos los casos de abuso sexual a menores por parte del clero. Hoy en día nuestra diócesis, como la mayoría, publica una lista de todos los sacerdotes que han sido creíblemente acusados de haber abusado sexualmente de un menor.  No hemos recibido una acusación creíble de que alguno de nuestros sacerdotes haya abusado de un menor en los últimos 20 años.

Es indispensable reconocer que las reformas de 2002 conciernen no solamente al abuso sexual del clero, sino al abuso sexual de menores por parte de cualquier persona dentro de la vida de la Iglesia. En los Estados Unidos las diócesis comenzaron un programa masivo de revisión de antecedentes de empleados y voluntarios que trabajan con menores en la Iglesia. Las diócesis emprendieron programas integrales de capacitación y educación para padres e hijos para informarlos -en formas apropiadas para su edad- sobre signos de contacto inapropiado o manipulación emocional.

La Diócesis de San Diego, así como otras diócesis del país, establecieron un Coordinador de Asistencia a Víctimas para recibir todo tipo de reportes de abuso sexual que en la vida de la Iglesia. Recientemente, hemos ampliado el alcance de nuestra oficina diocesana de Asistencia a Víctimas para que programas proactivos de educación puedan ser mejorados en el nivel parroquial y que se formen grupos de sanación para sobrevivientes y sus familias.

Hoy estoy promulgando como política vinculante dentro de la Diócesis de San Diego dos estándares de conducta pertenecientes a comunicación y redes sociales que buscan avanzar la protección de menores. Queda prohibido que cualquier empleado o clero dentro de la diócesis se comunique en privado con un menor al que ha conocido en sus ministerios sin hacer copia al padre o guardián del menor. Además, estará prohibido para cualquier clero o empleado tener cualquier interacción directa en cuenta personal de redes sociales con un individuo menor de edad a quien haya conocido a través de su trabajo en la Iglesia.

El tema de compensación monetaria a víctimas de abuso sexual por parte del clero ha sido un tema complicado para las diócesis de nuestra nación y para nuestra propia Iglesia local. En 2002 el estado de California cambió la ley para permitir por un período limitado una amplia gama de demandas que buscaban compensación contra instituciones privadas que empleaban a quienes habían abusado sexualmente de menores muchas décadas antes. En los siguientes años la Diócesis de San Diego indemnizó a las víctimas por casi 200 millones de dólares por el sufrimiento y daño causado como resultado de su abuso. La mitad de la compensación provino de la cobertura del seguro.

Actualmente la ley no permite demandas en contra de la diócesis por actos de abuso ocurridos hace varias décadas. Sin embargo, como líder de nuestra Iglesia local reconozco que hay una serie de reclamos justos de este último periodo que deben ser compensados. Por esta razón, este septiembre la Diócesis de San Diego establecerá un Programa de Compensación Independiente para víctimas de abuso sexual cuando eran menores por parte de sacerdotes de nuestra Diócesis. Este fondo será administrado por Kenneth Feinberg, quien estableció una reputación de justicia al supervisar el fondo del gobierno para los sobrevivientes del 911 y el derrame de petróleo de BP. Es mi esperanza que este camino ofrezca un método justo y efectivo de compensación a quienes han sido lastimados por sacerdotes de nuestra diócesis.

Familia, sociedad y abuso sexual de menores

La misión urgente e integral a la que el Papa Francisco nos ha llamado en el intento de erradicar el abuso sexual a menores debe comenzar con la voluntad de enfrentar patrones de abuso sexual del clero y laicos en la vida interna de la Iglesia. Sin embargo, sería un grave error concluir que la misión de la Iglesia de encarar el abuso sexual de niños y jóvenes termina ahí.

El flagelo de abuso sexual a menores, lo cual constituye una silenciosa epidemia en nuestra sociedad, reside principalmente dentro de la vida familiar y social. Estudios demuestran que una de cada cinco niñas y uno de cada 20 niños son víctimas de abuso sexual. Tres de cada cuatro adolescentes que fueron abusados sexualmente fueron víctimas de alguien a quien ellos conocían bien. Más de 20 por ciento fueron víctimas de un miembro de la familia.

Los efectos de esos horrorosos patrones dejan una profunda y duradera huella en la vida de las víctimas: tasas extremadamente elevadas de alienación, baja autoestima, percepciones distorsionadas de la sexualidad y el suicidio. Hombres jóvenes que han sido abusados tienen cinco veces más probabilidades de causar embarazos adolescentes y tres veces más probabilidades de tener múltiples parejas sexuales.

Los excelentes programas, en los que muchos de ustedes han estado involucrados, que preparan a jóvenes para detectar comportamientos de depredadores sexuales y acciones inapropiadas son una gran contribución que la Iglesia ha estado haciendo para ayudar a niños y jóvenes a preservar su seguridad y bienestar, pero no es suficiente. Si vamos a responder de manera significativa al llamado del Papa Francisco de ser agentes de cambio en la lucha contra el abuso sexual a menores en el mundo, debemos aumentar de manera fundamental el enfoque al abuso que existe en nuestra sociedad.

Primeramente, debemos nombrarlo como lo que es: una epidemia en nuestra sociedad que opera en la oscuridad. Nosotros, como Iglesia local, debemos estar dispuestos a dar a conocer el alcance y la condición del abuso sexual en nuestra sociedad y hacerlo un elemento mucho más significativo en nuestro apoyo a padres y niños.

Reconozco que esto puede resultar muy doloroso y angustiante para muchos en nuestra comunidad parroquial y escolar. El abuso sexual en la vida social y familiar es un tema muy delicado, pero ignorar su presencia y efectos que tiene en nuestra sociedad es ser cómplice de la epidemia de silencio que pasa por alto la abundancia del abuso en el mundo en que vivimos.

El silencio pecaminoso de la Iglesia en el pasado debe ser el estímulo para demostrar una dedicación cada vez mayor para arrojar luz sobre el abuso sexual a niños en el presente, no menos.

Nuestra voluntad de prestar mayor atención al tema de abuso sexual de menores requerirá de nuevas iniciativas dentro de nuestros programas de catecismo y formativos. También requerirá vínculos de cooperación mucho más profundos con la policía, nuestras escuelas públicas y agencias que tienen la capacidad de arrojar luz sobre el tema de abuso sexual a niños y jóvenes, así como las mejores maneras de proteger a los menores de los depredadores.

Sin embargo, el elemento más importante del rol de la Iglesia para ayudar a eliminar el abuso sexual a menores en la vida familiar y de la sociedad es informar a los padres con datos reales sobre los peligros a los que sus hijos se pueden enfrentar, los recursos que están a su alcance para apoyarlos en caso de que uno de sus hijos haya sido abusado y los caminos que existen para la sanación de víctimas y familiares.

Nosotros en la vida de la Iglesia, en nuestras parroquias y escuelas, tenemos una oportunidad única para proporcionar a los padres un mensaje que es vital para la seguridad de sus hijos. Por dicha razón, estoy nombrando un grupo de trabajo presidido por nuestra Canciller, Marioly Galván, y nuestro Director de Escuelas, John Galván, para enfocarse únicamente en diseñar métodos para que nuestra Iglesia local brinde a nuestros padres y familias una mayor comprensión de la presencia, los patrones y los efectos dañinos del abuso sexual a menores.

Finalmente, en los últimos meses nuestra diócesis ha reorganizado y ampliado la oficina de apoyo y sanación para aquellos que han sido víctimas de abuso sexual. Durante los últimos cuatro años esta oficina se enfocó en atender a víctimas específicas y buscar la sanación para ellos y sus familias. Ahora, el enfoque de la oficina incluye estos elementos, pero también incluye un programa para expandir los grupos de sanación y educación en toda la diócesis que abordan el tema del abuso sexual a menores.

 

Involucrando a toda la Iglesia

“Eres la Luz del Mundo” es el título que el Papa Francisco dio a su exhortación de mayo para erradicar el abuso sexual a menores en la Iglesia, familia y sociedad. Esto tiene un gran significado.

Primeramente, el Santo Padre está enfatizando la absoluta incompatibilidad de cualquier abuso sexual en la vida de la Iglesia con la esencia del Evangelio de Jesucristo.

Segundo, el Papa Francisco apunta a la realidad de que para eliminar el abuso sexual a menores es necesario brillar la luz de la verdad y la vigilancia sobre la epidemia del abuso sexual, que acecha en la oscuridad. No podemos ser observadores pasivos en la lucha contra el abuso sexual, puesto que la pasividad permite que quienes lastiman a los niños operen libremente, matando el alma de quienes hacen sus víctimas.

Por último, la decisión del Papa Francisco de titular su declaración sobre abuso sexual “Eres la Luz del Mundo” señala enfáticamente su convicción de que el trabajo para eliminar el abuso sexual de menores es trabajo de cada uno de los miembros de la Iglesia. “Es necesario una continua y profunda conversión de corazones, atestiguado por acciones concretas y efectivas que involucren a todos en la Iglesia…”.

Estamos reunidos aquí hoy para dar testimonio y significado a esa directiva.

La responsabilidad principal de actuar de manera precisa para proteger a niños y jóvenes en nuestras parroquias e instituciones ha sido asignada de manera específica por la sociedad a profesionales que trabajan de manera regular con ellos. Estos profesionales son, por su empleo y capacitación, clasificados como denunciantes obligatorios y son responsables ante la ley de reportar a la policía local o a agencias para el bienestar infantil cualquier sospecha bien fundamentada de abuso sexual a menores. La categoría de denunciantes obligatorios dentro de la fuerza laboral de la diócesis incluye a todos los empleados que sean clero, maestros, asistentes de maestros, entrenadores y ministros de juvenil; así como empleados de cuidado infantil, consejeros, supervisores de patio de recreo y líderes de coro juvenil. Los voluntarios no son denunciantes obligatorios.

Deseo resaltar que para denunciantes obligatorios, la responsabilidad legal de reportar es un requisito, y consideraría un profundo error moral, así como una violación a la ley, si un denunciante obligatorio fallara en reportar de manera oportuna.

Sin embargo, hoy deseo hablar a los que se encuentran aquí que no son denunciantes obligatorios por ley. El hecho de que no requieran legalmente reportar sospechas bien fundamentadas de abuso sexual a un menor no significa que no deban tomar acción para proteger a un menor a quien ustedes consideran que esta en terrible riesgo. Por lo tanto, como mandato moral, los invito a que como empleado de parroquias, escuelas o agencia de la Diócesis de San Diego, también reporten cualquier situación que los lleve a pensar firmemente que un menor está siendo víctima de abuso sexual.

La epidemia del abuso sexual a menores prospera porque opera en la oscuridad. Si nosotros no hacemos nada por detenerlo, entonces triunfa el mal de la victimización. Una de las dimensiones más trágicas de nuestra historia en el tema de abuso sexual por parte de sacerdotes es que cuando los casos finalmente llegaron a ser formalmente investigados, muchos colegas confesaron haber visto indicaciones claras de abuso pero se habían dado la vuelta y habían permanecido callados para no verse involucrados. Esto no puede volver a ocurrir en la vida de la Iglesia hoy en día, pues tenemos la misión de erradicar el abuso sexual a menores dentro de la Iglesia, la familia y la sociedad.

Entiendo que para muchos de ustedes el mandato moral de permanecer atentos y reportar cualquier sospecha puede resultar intimidante. No cuentan con toda la capacitación con la que cuentan los denunciantes obligatorios. Además, es indispensable que en el esfuerzo por estar atentos y reportar incidentes de abuso sexual a menores no estemos tan obsesionados en encontrar abuso que caigamos en el patrón de dañar la reputación de adultos inocentes por hacer conclusiones prematuramente.

Por lo tanto, sugiero que si no son denunciantes obligatorios pero cuentan con evidencia que para ustedes indique la existencia de abuso sexual a un menor, ya sea dentro de la vida de la Iglesia o en su familia o vida social, y no saben cómo proceder, se pongan en contacto con uno de los denunciantes obligatorios de su escuela, parroquia o agencia para tener claridad sobre cómo proceder. Quisiera pedirles a los que están aquí hoy, que no son reporteros obligatorios, que tengan en cuenta que tanto la ley moral como la ley civil les exhortan a denunciar los casos conocidos o sospechosos del abuso sexual a un menor a servicios de bienestar infantil.

El mayor desafío para todos nosotros en la vida de la Iglesia con respecto al abuso sexual a menores es transformar nuestra cultura en referencia a la presencia, alcance y efectos de esta atrocidad.  La historia del abuso sexual por parte del clero en la Iglesia es una fuente de vergüenza para la comunidad de fe que tanto atesoramos y para el Señor, quien la fundó.

No podemos borrar el horror de esta historia, tampoco podemos restaurar las almas y corazones destrozados de quienes fueron víctimas, pero debemos seguir adelante -como el Papa Francisco nos ha llamado a hacerlo- resueltos a expulsar continuamente el abuso sexual de menores en la vida interna de la Iglesia, y resueltos, de igual manera, a transformar familias y a la sociedad para purgar la epidemia de abuso sexual existente.

Nos reunimos hoy como colegas en el viñedo del Señor. Están logrando mucho en la construcción del reino de Dios en nuestra Iglesia local a través de sus talentos, sus sacrificios, su visión y su colaboración. Todos los días me asombro de las maravillas de la gracia de Dios que observo en mis visitas pastorales, a través de las cuales el amor misericordioso, sanador y alegre de Dios se manifiesta aquí en los condados de San Diego e Imperial. Hagamos que nuestro desafío diocesano a combatir el abuso sexual de menores sea otra de estas maravillas de la gracia de Dios, una en la que colaboremos, sacrifiquemos y trabajemos para proteger a los pequeños, quienes están más cerca del corazón de Dios.

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